Crónica callejera. Un Paulo, entre muchos Paulos

Nikita

 

Buenos Aires. 30 de septiembre 2020. Camino a la parada del colectivo mientras se repiten ecos de la radio, de la tv., en la calle resuena «… El índice de pobreza tuvo un incremento de 5,5 puntos porcentual respecto de igual período de 2019. El índice de pobreza se ubicó en 40,9% al cierre del primer semestre…»

 

Una actitud muy propia, mientras espero el bondi miro al cielo, mover las copas de los árboles, las nubes pasar, los techos de las casas o pisos de arriba y dejo mi imaginación volar. Creo que es para olvidarme por un instante que mido 1,65 y casi siempre camino rápido evitando tropezarme y quedar en ridículo. Mientras el sol me acaricia los cachetes blancos, resuenan cifras, que son personas, que posiblemente viven en la calle y hoy no tendrán para comer. Personas, niñes, que solo tomarán mate. Los árboles se balancean pacíficamente como una película de Tarkovski, muches dicen que sus films son lentos, pero yo lo admiro. El hambre, la indigencia, los rayos de sol, el bondi a 2 mts mío.

 
 
***
 
No hay nada para cenar. La verdad que llevo una semana del trabajo a la casa para cursar lo último de la licenciatura en periodismo. Por supuesto en ese trajín dejé en último lugar ir al cajero, aguantar la cola de muy mal humor, imaginarme todo el lugar lleno de coronavirus, sacar mis últimos peculios. Posteriormente bañarme en alcohol. El cajero no está cerca y mi irritación es enorme cuando debo esperar y esperar y esperar y escuchar a la gente anti cuarentena, anti barbijo, anti política, quejarse y quejarse. Cuando ingreso diviso a Paulo, un personaje mítico del barrio, que vive en situación de calle. Estaba en harapos, las patas aireándose, en una posición semi derrotista, con ojeras profundas, las barbas le tapaban media cara, parecía el hombre de la máscara de hierro recién salido de la Bastilla. Tenía barbijo. Las manos calmas agrietadas que apenas se sostenían, hacían un huequito y acompañada por una mirada apesadumbrada, intensa, asesina, suplicaba dinero. Me saluda apenas subiendo las comisuras para esbozar una sonrisa. Los pelos casi se juntan con las barbas todo un bodoque no estructurado.
 
Aparentemente una señora con tapado sintético y muchas aspiraciones se vio ofendida por la presencia de Paulo en el cajero y comienza a increparle e insultarle estableciendo que el no podía encontrarse allí porque podía tener coronavirus.
 
La síntesis de la situación que continuó: yo, con mi personalidad que admito poco calma pero con un gran sentido de justicia social, le elevo el tono de voz expresándole a la doña que ella misma podía tener coronavirus, que se dejara de joder y que si tenía un inconveniente que se fuera a la mierda. Directo y cortito. Paulo permaneció en silencio absorto con los ojos desorbitados, la gente acusaba a la doña con gestos y ademanes, pero al final, nadie intervenía. Invité a Paulo a comer. La doña y sus prejuicios, hubiera llamado a la policía. La bronca me duró todo el día. Qué le podía molestar a la mujer esa que un pobre tipo indefenso, abandonado y discriminando, descansara en un cajero. Al final del evento, no saqué el dinero, pagué con débito la comida.
 
 
***
 
 
4 de octubre. Pompeya. Paulo dormía abandonado en el pasto atrás de una estación de servicio a medio abandonar, se caían los pedazos y el viento me enmarañaba el pelo. Seguía descalzo e intenté acercarme a ofrecerle ayuda. Paulo estaba en otro mundo chamánico, tiritaba, no respondía, solo se tiró y permaneció de costado tratando de obtener calor poniéndose las manos entre las piernas. Llamé por asistencia, pero nadie acudió. Pude ver sus pertenencias en una fábrica muy cercana. Por alguna razón ya no estaba en el barrio. Lo más destacable era la pulcritud de sus pocos objetos, el orden, no había ni una miga que las palomas pudieran carroñar. Manzanas sostenidas en las rejas, que asumo sería la única comida segura que tendría. En el habitáculo dónde iría el matafuego y elementos de seguridad, una cajita de té vacía, un rejunte de vasitos dónde se encontraba una gillette vieja y una cucharita, las últimas gotas de un aceite, un paquete de toallitas. Evidentemente no se encontraba solo porque junto a la foto de un San Cayetano había ropa interior femenina. 
 
Quizás Paulo tenía una compañera. No lo sé. Me senté por unos instantes en el cordón de la vereda. Ese habitáculo que había sido violado, era un estante de aquella «casa» de Paulo y no se de quién más. Miré a las copas de los árboles. El viento las movía sin ton ni son, de manera poco armoniosas, inspiro y exhalo buscando algún rayo de sol. Paulo es un número más de lxs más de 7200 personas que se encuentran en situación de calle según el último censo realizado por la «Asociación Civil Proyecto 7 – Gente en situación de calle» junto con otras organizaciones sociales. El perro negro que siempre me acompaña cuando ando por la zona se acerca a pedirme cariño. Es un perro viejo y pulguiento. Apenas se le toca se les ven saltar una tras otra. Creo que está cuidando el espacio de Paulo. Suena el tren pasar y rompe mi cadena infinita de pensamientos. Cómo había llegado ese hombre descalzo desde Almagro? Recuerdo haberle regalado ropa, pero se la había dado a alguien que se encontraba en peores condiciones, según él. 
 
Hoy el 40% de la población Argentina es pobre. Vuelvo a reflexionar sobre el tema, si es que dejo de pensar alguna vez en eso. Paulo es alguien más, o quizás no.
 
Tuve que partir. Dicen las malas lenguas que iba a llover. Paulo pasaría esa noche en la fábrica de Pompeya si lograba levantarse y caminar hasta el cadáver finito de ese colchón que había fotografiado. Y yo dormiría en mi casa con culpa, pensando cómo hacer la revolución y generar empatía para que la calle jamás sea considerada una opción.
Los recuerdos de aquéllas rutas de Pompeya acobijan gran parte de mi vida, pasos apresurados por el temor a la inseguridad, recuerdos que me atropellan por el cambio de situación y la nueva normalidad del covid. Me pongo los auriculares, en la radio suena Fito cantando “… no vine a divertir a tu familia, mientras el mundo se cae a pedazos…” Observo para arriba una última vez, antes de volver a mi bucle cotidiano. Yacen los ladrillos a la vista de la gran pinturería «Alba» hace años allí abrazados a árboles, algunos no se han anoticiado aún que es primavera y desnudos permanecen al lado de otros que se burlan por su follaje. Los vidrios son una batalla campal, como si los dioses hubieran jugado al ta te ti o a la batalla naval. Un cielo blanco zona X diría Ansel Adams.
 
La calle no es un lugar para vivir, menos para morir.                                                      

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