Morir de pie

Nikita

“En Parque Patricios, la Ciudad de Buenos Aires, existe un refugio para la gente que no tiene nadie (sic). En el refugio Monteagudo, te abrazan con el corazón (sic)” canta Fito Páez.

El Centro de Integración Monteagudo pertenece a la Asociación Civil Proyecto 7 y desde el 2001 alberga a 100 hombres que se encuentran en situación de calle. Fito Páez, ama tanto al Centro que en el 2017 le dedicó “Ciudad Liberada”.

Comienza la asamblea semanal. Se levanta un hombre 60 años, gigante, con nieve abundante en la cabeza. Cejas negras, mirada apoteótica, sonrisa tímida. Se mueve como un caracol apoyándose en un trípode. Vestido con una remera roja de su gran pasión futbolística, un pantaloncito desgastado y en sandalias.

José podría ser una de  las 7.200 personas que podría estar en la calle según el segundo censo popular realizado en el año 2019 por organizaciones sociales incluido Proyecto 7. O una de las 2.000 que la Defensoría del Pueblo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires oficializa el mismo año.

Colombiano por nacimiento, ecuatoriano por nacionalización, argentino por asilo político. Se encuentra en aislamiento preventivo y obligatorio en ese enorme galpón del centro, durmiendo en un cuarto especial por su cáncer de cólon, diabetes, epoc y problemas coronarios. En fin, un papiro de problemas de salud.

La música rebota por las fracturas de las paredes pero llena de energía a ese hogar que contiene talentos y esperanzas, historias de arrepentimientos y de abandonos.  Ahí no son planeros, vagos, sucios o inútiles, son personas.

José vive allí por elección desde hace 10 años. Es un buen marxista desde su infancia porque fue formado por Volney Largo, fundador del partido comunista del departamento del Quindío en Colombia y asesinado en 1991 por sicarios.

Sus ojos garúan cuando recuerda su primer acto ideológico: confrontarse a su padre a los ocho años por haber sido golpeador y hacer un paro junto con los empleados que duró una semana. Se nutre de los discursos de su tío Aduán, también perteneciente al partido comunista y añora sus visitas semanalmente cuya finalidad era ayudar económicamente a su mamá. Su casa colombiana de adobe es una escena digna de un documental sobre Biafra. Ese mismo año recibe el único y mejor regalo de navidad de su tío querido. Él espera un autito, su tío le regala el Manifiesto comunista de Karl Marx.

 “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”, expresa Marx.

 

***

 

Tolima, Colombia. 13 de febrero de 1996.

José colabora asiduamente en tomas de tierras para campesinos que subsistían comiendo arepas. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en Colombia el índice de pobreza a nivel nacional es del 57,5%.

En ese fatídico día sale junto con 7 compañeros volando en el jeep para asistir a gente que le estaban prendiendo fuego sus precarias chozas. A la hora de andar en el medio de los montes, se sorprenden ante unos arbustos cruzados.

—“Nos cagaron, nos emboscaron”

El ruido es estrepitoso. José recibe un impacto desde 15 metros directo al pecho. Y cómo si estuviera ocurriendo en una película de Quentin Tarantino, recibe al menos once disparos más en todo el cuerpo.

Su relato se detiene en el Monteagudo y sin estupor, se desabrocha el cinturón, se baja los calzones y comienza a mostrarme las heridas. Era Adán. Suena “Laura se te ve la tanga” de fondo entre las camas desordenadas de los pibes. No miré sus partes pudientes.

Le suplico que se levante los calzones. En mi mente hay tiros y pelos. Intenta vuelve a la compostura y toma solemnidad.

—“Vi toda la sangre de mi compañero y la cabeza de costado. Quince personas alrededor que no paraban de dispararnos. Tomé el volante y nos tiré a un barranco, pensé que quizás así me salvaría”.

Es una noche azul de frío y blanca del reflejo intenso de la luna.

Para Colombia, hasta hoy José está enterrado en el Jardín de Paz de Medellín.

 

“La peor lucha es la que no se hace”, refiere Karl Marx.

 

***

 Parque Patricios. 16 Junio 2016.

Horacio Ávila, referente de Proyecto 7 describe a José como si fuera un símil Che Guevara. Él mismo ha visto su documento con su nombre original, porque cuando llegó a Ecuador, por protección, se lo cambian.

Según consta en su pasaporte deambula como un náufrago sin brújula hasta que arriba a Buenos Aires y el Parque Lezama le da una ingrata bienvenida.

“Debía dormir en una carpa, cagar en un balde, estar mal oliente, revolver la basura, cagarme a piñas por un lugar de la calle para dormir, hasta que un día… un día…”, recuerda…

Un día, coincidentemente se sienta en un banco un hombre sencillo, la frente es un mapa de arrugas, anteojos, barba en candado, ropa humilde. Comparte un cigarrillo. Comparten dolores. Comparten sencilleces. Horacio Ávila. Gracias a él ingresa dónde reside.

En mayo, José decide finalizar su clandestinidad: se abre una cuenta de Facebook con su nombre original. “Recibí muchísimas solicitudes de amistades pero me llamó la atención en particular el de una mujer que se llamaba Melba…”

Melba es su nueva adicción.

Para ese entonces, confiesa en la oficina del Monteagudo, que además de estar casado, tenía dos compañeras más. Vuelve a su historia.

Curiosamente, Melba, le describe a sus propios hijos, sus oficios, su ubicación. José queda petrificado. Comprende que esos hijos, también eran los suyos. Melba en realidad era Nelly, una de sus compañeras, que usaba un pseudónimo.

Es una mujer de 50 años, con típicos rasgos caribeños, no tiene ni una sola arruga y su pelo es digno de ser comprado por Susana Giménez. José le insiste con que confiese su verdadero nombre. Insiste. Hasta que cede y realizan una videollamada.

Se ríe como un bebé desdentando. Quiere seguir contándome.

Cuando la ve por primera vez llora. Nelly lo insulta “gran hijo de puta”, no podía creer que   no era un cadáver pudriéndose.

Un mes más tarde recibe insistentes mensajes de su hijo preguntándole dónde vivía, pero José está de pésimo humor, había perdido su honor en un juego del truco y se deslinda de su hijo diciéndole que lo mire en su Facebook.

—“Papi, en frente de Parque Patricios, hay un restaurante que se llama “La Quintana”? imita una voz José.

Todas las piezas del rompecabezas se unen.

Decide tomarse un taxi y como si fuera el coyote que escapa, realiza esas cuadras que separan al Centro del bar “La Quintana”.

José deja de ser un N.N. Ya no es ese agonizando en Ecuador, ni el que viaja por medio mundo o el villero. Su hija e hijo estaban ahí. José vuelve a ser José en una esquina de Parque Patricios. Se enmarañan en un abrazo infinito digno de ser la letra de un tango de Di Sarli.

Hoy, vive con miedo al covid y con sus dos pares de jeans, tres remeras, toneladas de libros y un reloj Casio, que confiesa que es un regalo de su hijo y que por eso no lo vende.

Ariel, el coordinador del Centro lo abraza. El afecto que se siente en el aire eriza la piel.  “No sé que voy a hacer cuándo ya no esté más” afirma enfáticamente Ariel.

Sueña con morirse disertando sobre el comunismo. Distendidamente se define como loco, grosero y atrevido. No tiene arrepentimientos. Vive cómo desea.

La tele hace eco. Una voz enuncia agitadamente que la pobreza ha golpeado al 40,9% de los argentinos en el primer semestre del año 2020, según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec. De fondo se ve la bandera roja “La calle no es un lugar para vivir”.

A unos metros del Monteagudo una piba descalza se acerca custodiada por una jauría pulguienta. Me pide una moneda con gestos agonizantes y una voz tenue. La calle tampoco es un lugar para morir, reflexiono.

“Es fácil ser heroico y generoso en un momento determinado, lo que cuesta es ser fiel y constante”, formula Karl Marx.

 

3 comentarios en «Morir de pie»

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